Arte y meditación

 

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Abril 2017   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giovanni Bellini (Venecia, alrededor de 1433 - 1513), Presentación de Jesús en el templo, 1460, temple sobre tabla, 82 x 106 cm, Venecia, Fundación Querini Stampalia

 

El cuadro presenta una multitud de personas en un espacio pequeño detrás de una balaustrada de mármol. La imagen es rica de significado para el artista, ya que él mismo se ha retratado a la derecha y la joven que aparece en el lado opuesto sería su esposa Ginebra.

Sin embargo, fijemos nuestra atención en la escena central: bajo la atenta mirada de José, en el centro, se encuentra el anciano Simeón a la derecha y María a la izquierda, con el pequeño Jesús en sus brazos, erguido.

Según la tradición judía, 40 días después del parto la madre tenía que purificarse y rescatar al primogénito (ver Éxodo 13) ofreciendo en su lugar un cordero o dos palomas (cf. Levítico 12).

María, cuya belleza resplandece en la blancura de su piel y en el velo blanco y lleno de luz, sin embargo, parece dudar en confiar Jesús a Simeón, quien con los brazos abiertos está esperando recibirlo. La madre parece querer retomar, este niño tan pequeño cuya corta vida ha estado marcada por episodios misteriosos. ¿Por qué? Tal vez para entender esta actitud de María hemos de fijarnos en las “bandas” con las que era costumbre envolver a los recién nacidos, que parecen prefigurar los “vendajes” con los que se envolvían los cadáveres antes de sepultarlos. Como narra San Juan: "Entonces tomaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en telas de lino con las especias aromáticas,  ..." (19, 40).

Además, como escribe el Evangelista Lucas, Simeón dirá a María que una espada atravesaría su alma (cf. Lc 2, 35): ¡por este motivo está turbada!

Y nosotros, los espectadores siglos después, también entendemos su turbación, porque sabemos que María tendrá que amortajar el cuerpo sin vida del Hijo amado.

Sin embargo, aunque ante María aparezcan todas estas dramáticas secuencias, la vemos en primer plano, presente, que permanece y no huye ante el futuro que le es profetizado por Simeón. Quizás no comprende el dolor que le ha sido anunciado, pero María conserva todo en su corazón: es su actitud constante.

En las situaciones laboriosas y fatigosas de la vida cotidiana, cuando nos sentimos impotentes, se nos propone también a nosotros la actitud de “permanecer”, sin huir, sin esquivar los obstáculos. María nos enseña que este es el camino para construir una vida plena: no se trata de una pasividad resignada ante el dolor, sino de la capacidad de entrar con gran fe en el designio de Dios.