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ARTE Y MEDITACIÓN - SEPTIEMBRE 2017

El Greco SEPT

El Greco, Dominikos Theotokopoulos  (Candia, 1541  – Toledo, 1614), La curación del ciego, alrededor 1570, oleo sobre madera de álamo, cm 65,5 x 84, Dresda, Gemäldegalerie

“Jesús iba por toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y proclamando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

El evangelista Mateo nos dice en qué consistía para Jesús el anuncio del Reino: predicación, enseñanza y curaciones.

La obra del gran pintor español representa un momento significativo de la vida pública de Jesús. Tanto si se trata del episodio narrado en el Evangelio de Marcos (10, 46-52) a la salida de Jericó, como del momento ( más probable) de la curación, en Jerusalén, mencionada por Juan en el capítulo 9 de su evangelio estamos frente a un gran milagro, que suscita interés y gran eco entre los que seguían la obra de Jesús.

Ciertamente, el milagro causa asombro y discusión, como lo demuestran los gestos y expresiones de los personajes del grupo de la derecha. Hay jóvenes y ancianos, envueltos en vestidos de colores vistosos y elegantes. Son muchos, están agitados, y sin embargo, el único que parece interesado en lo que están haciendo es el perro en primer plano en el centro de la pintura.

Tampoco nosotros estamos interesados en el grupo de la derecha, porque nuestra mirada está dirigida hacia el gesto de Jesús, a la izquierda, con el ciego que lo ha detenido a lo largo del camino. Arrodillado ante él, el joven deja a un lado sus pobres pertenencias y ruega a Jesús que lo cure. Todavía no lo ve, pero su mano sujeta firmemente la mano izquierda de Jesús. Y Jesús, con los dedos de la mano derecha, está tocando los ojos apagados del ciego.

Sabemos como acaba este episodio y en la narración de Juan es muy hermoso y conmovedor el testimonio que el ciego da a los judíos: “Desde el principio jamás se ha oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada” (Jn 9, 32-33).

Cuando encuentra de nuevo ( y esta vez también lo ve) a Jesús, hace su profesión de fe: “Jesús se enteró de que habían expulsado a aquel hombre, y al encontrarlo le preguntó: ¿Crees en el Hijo del hombre?¿Quién es, Señor? Dímelo, para que crea en él. Pues ya lo has visto —le contestó Jesús—; es el que está hablando contigo. Creo, Señor —declaró el hombre.

Y, postrándose, lo adoró”. (Jn 9, 35-38).

Al contemplar el hermoso cuadro del Greco, también nosotros queremos proclamar con el ciego nuestra profesión de fe en Jesús: “¡Creo, Señor!