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Homilía del Cardenal Ouellet

ouellet modDurante nuestra reunión de Consejo 2019 tuvimos el honor de celebrar la misa en la Tumba de San Pedro, en la Basílica de San Pedro en Roma, con el Cardenal Marc Ouellet.

Abajo puede encontrar la homilía del Cardenal Ouellet.

•“Cristo tuvo que sufrir y resucitar de entre los muertos para entrar en su gloria”

Queridas amigas,

Venimos en peregrinación a la tumba de San Pedro para ser confirmados en nuestra fe y fortalecidos en nuestro testimonio cristiano. En el contexto del martirio de Pedro también nos fortalece la enseñanza de su sucesor, el Papa Francisco. Acogemos la gracia de este encuentro en Roma y damos gracias por el don de la fe en estos tiempos difíciles en el mundo y en la Iglesia. “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” nos dice Jesús en el Evangelio: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Esta paz de Cristo Jesús va mucho más allá de la paz relativa que podemos experimentar en el mundo. Es el don gratuito de nuestra reconciliación con Dios y entre nosotros por la obra de su muerte y resurrección.  

A veces he preguntado al Papa Francisco cómo vivió los momentos de gran tensión que a veces reflejan los medios de comunicación. Me repitió varias veces: “Sabes, el día de mi elección, entró en mi alma una paz que nunca me abandonó”. Este es el carisma del sucesor de Pedro. Por eso permanece sereno en todas las circunstancias y no se deja perturbar por las contradicciones y las críticas. Su roca es Cristo crucificado y resucitado, vencedor de la muerte.

Queridos amigos, venís aquí en peregrinación con vuestras intenciones, necesidades y luchas. Y estáis abiertos a lo que Roma pueda ofreceos en términos de apoyo y aliento. Me complace acompañaros en esta Eucaristía y expresar mi aprecio por vuestro compromiso con la causa de la mujer en el mundo y en la Iglesia. No tengo el placer de conocerla muy bien, pero la presidente sabe que su causa me es muy querida y que comparto muchas de sus aspiraciones para que la contribución de las mujeres sea más reconocida y promovida en las familias, en el lugar de trabajo y en los entornos de ocio, al igual que en el ejercicio de las responsabilidades públicas.

Tenemos un retraso que hemos de recuperar en la Iglesia para el reconocimiento e integración de los carismas femeninos en la animación de las comunidades cristianas y en el gobierno de las diócesis. Las capacidades de escucha, compasión y servicio que son naturales para las mujeres son recursos demasiado descuidados y relegados a un segundo plano en un mundo dominado por las luchas de poder entre hombres. Falta una presencia femenina más significativa en los consejos, sínodos, curia diocesana o romana, así como en el trabajo pastoral sobre el terreno. Esta presencia ayudaría a limpiar el ambiente en situaciones de conflicto y a crear un ambiente de acogida mutua, respeto por los demás y sensibilidad hacia los más desfavorecidos.

El llamado del Santo Padre a una verdadera sinodalidad en la Iglesia a todos los niveles implica escuchar a las mujeres y prestar mayor atención a sus intuiciones y capacidades. Todavía estamos lejos de alcanzar la meta de transformar la cultura eclesial y permitir que se impregne de los valores femeninos de compasión, misericordia y ternura, haciendo así que la evangelización por atracción que nuestro mundo necesita sea más exitosa. El apóstol Pablo tuvo que luchar y sufrir mucho para que se crearan comunidades cristianas entre los gentiles; nosotros también debemos continuar la lucha y fortalecer nuestro testimonio para que se superen los prejuicios y la discriminación contra la mujer. De esta forma podrán contribuir aún más a la evangelización y a la comunión en la Iglesia.

No se trata de que las mujeres ocupen el lugar de los hombres en su posición específica y compitan con ellos en términos de influencia. Se trata de que las mujeres sean mujeres y de que se afirmen sus valores innatos para que una cultura de comunión pueda suplantar el espíritu de rivalidad y la codicia del poder por el poder. Es el amor el que hace avanzar a la Iglesia y permite que mujeres y hombres se desarrollen. Oremos para que nuestra manera de promover a las mujeres en todas partes sea inspirada por el amor y dé frutos de paz.

Como discípulos de Cristo y misioneros de su Evangelio, nuestra primera responsabilidad es siempre la comunión, el testimonio del amor fraterno, la paciencia y el perdón, como en los días de las primeras comunidades cristianas que fundaron la Iglesia de Roma.

Queridas amigas, acojo vuestras intenciones y necesidades en el ofrecimiento del sacrificio pascual del Señor, fuente de nuestra paz. No descuidemos la oración porque las mujeres son naturalmente contemplativas, abiertas al Espíritu Santo y, por tanto, capaces de profecía y esperanza al servicio del Reino. Que la Virgen María os acompañe a cada uno de vosotros en esta peregrinación a las fuentes de la fe y os obtenga, con el consuelo del Espíritu Santo, el valor para avanzar con perseverancia en la promoción de la causa de la mujer y en la construcción de una verdadera civilización del amor.

La Voz de las Mujeres

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Voz de nuestras organizaciones que dan testimonio del trabajo llevado a cabo por los miembros de la UMOFC en el tema: "Un planeta saludable depende de todos nosotros".

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