¿Babel o Jerusalén?

Jul 28, 2026 | UMOFC

La encíclica Magnifica Humanitas se abre con dos imágenes intensamente femeninas: dos proyectos comunitarios representados por dos ciudades, que en la Escritura a menudo son representadas como mujeres, o mejor, como jóvenes doncellas — en el mundo antiguo mujer joven y virgen son sinónimos—: la «virgen hija de Babilonia» (Is 47,1) y su contraparte, la «hija de Jerusalén» (Is 37, 22), la «doncella de Sion» (Ib.). Estas dos jovencitas son el emblema y la personificación de la ciudad, un poco como en nuestros días la Marianne personifica los valores de la República Francesa. El hecho es que la ciudad suele aparecer en la Biblia como una mujer. Jerusalén es Madre de Pueblos: «Se dirá de Sión: “Uno por uno, todos han nacido en ella”» (Sal 87,5), y es también la esposa, «que desciende del cielo ataviada como una esposa» (Ap 21,4). La ciudad se presenta así como un tejido vivo, no como mera agregación de unidades habitativas, sino como red de relaciones capaz de generar la vida y acogerla en su seno, una imagen ciertamente femenina de alto valor simbólico.

Babel/Babilonia y Jerusalén encarnan, cada una a su manera, un proyecto tecnológico comunitario. Babel, en el libro del Génesis, acomete una gran empresa y decide construir una torre cuya cima toque el cielo (Gen 11,4). Un proyecto aparentemente magnífico, que prevé una sola lengua, una única tecnología, una única dirección: “el paradigma tecnocrático”, cuyo destino es necesariamente la ruina. «Babel revela el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios» (MH, 7). Por el contrario, Jerusalén, en época de Nehemías, representa el modelo opuesto. También ella es una obra en construcción, como la torre de Babel, pero nace de la responsabilidad compartida de todo el pueblo. «Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras» (MH 8), y por eso, es capaz de acoger la diversidad y crear un lenguaje común, mas no unificado, el de la armonía que nace cuando cada uno asume su parte.

Con esta imagen en la mente, el proyecto Nehemías como alternativa al paradigma Babel, el Papa León XIV retoma los grandes temas de la Doctrina Social de la Iglesia, un conjunto de principios y orientaciones sobre la economía, la vida social que se han ido desarrollando en los últimos cien años a partir de la Escritura y de la reflexión de los grandes pensadores cristianos. El Papa recorre la historia de estos cien años a través de las intervenciones de los papas del siglo XX, siguiendo su estela y presentando los grandes principios que orientan la visión cristiana acerca de la política, la economía y la vida social. Estos principios, que a comienzos del siglo XX trataban de arrojar luz sobre los nuevos movimientos sociales nacidos de la revolución industrial, siguen teniendo aplicación hoy cuando nos hallamos de lleno en la llamada cuarta revolución industrial, protagonizada por internet y muy especialmente por la Inteligencia Artificial.

La inteligencia artificial no es el tema central de la encíclica, aunque a ella dedica el papa el amplio capítulo tercero, tratando de ofrecer criterios y pistas para discernir sabiamente la utilización de la IA, y la orientación que queremos darle en el futuro a la luz de los principios de la doctrina social. En este sentido, León XIV está realizando lo mismo que hizo su predecesor León XIII a finales del siglo XIX ante los cambios que la revolución industrial había introducido en la sociedad: adoptar un criterio de discernimiento de la novedad, acogiendo, purificando, denunciando.

Por inteligencia artificial se entienden muchas cosas diversas, que tienen rasgos comunes entre sí. Hoy, esta IA ha invadido tranquilamente nuestras vidas: la encontramos en los programas que responden a nuestras preguntas, en los chat capaces de generar texto sintetizado, en los programas de modificación o creación de fotografías, en los que gobiernan al robot de la piscina o la aspiradora de casa, por no hablar de coches de guía automática o armas autónomas. Gracias a la IA estas máquinas realizan tareas y cálculos a velocidad sorprendente, comparando millones y millones de datos y elaborando texto o realizando acciones a partir de cálculos de probabilidad. Son máquinas que imitan algunos rasgos de la inteligencia humana, a veces brillantemente, pero no son inteligentes. Estos programas pueden imitar lenguajes y comportamientos, pero no comprenden lo que producen «porque no habitan el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el hombre se vuelve sabio (MH 99). Sea como fuere, la tentación de nuestro tiempo es hacer del paradigma tecnocrático —el proyecto Babel— el criterio dominante para el uso de la IA: optimizar recursos, para aumentar la ganancia reduciendo costes humanos.

Es precisamente este dominio de la IA, que se extiende a varios campos, a lo que el Papa dedica una atención especial, señalándonos otros tantos ámbitos de acción: primero, la difusión de la verdad y su tutela en una era dominada por las redes sociales, controladas por algoritmos, donde se vuelve cada vez más difícil distinguir lo verdadero y lo falso (las fake news), que pueden arruinar la vida de muchas personas. En segundo lugar, el mundo del trabajo. La IA está provocando ya un terremoto en el mundo laboral: despidos en masa de trabajadores sustituidos por IA, la dificultad de acceso al trabajo para jóvenes y mujeres. En tercer lugar, la defensa de la libertad frente a nuevas formas de dependencia digital, y a la trata de mujeres, migrantes y niños, tratados como mercancías en un mercado sin piedad, el nuevo rostro de la esclavitud en nuestro tiempo. Y por último, aunque el Papa le dedica un capítulo aparte, la guerra: existe el peligro de delegar a la IA la gestión de la guerra, decidiendo autónomamente qué objetivos se pueden atacar, sin tener en consideración víctimas colaterales. No, no hay guerra justa, aunque sea siempre justo defenderse con la fuerza de un agresor injusto. La guerra es siempre una derrota de la humanidad.

Frente a todo ello, la encíclica vuelve a proponer la civilización del amor, un término acuñado por Pablo VI, que había ido cayendo en el olvido. No, no es cierto que vivamos en un mundo dominado por la lógica darwiniana de la supervivencia del más fuerte. La naturaleza muestra infinidad de ejemplos de colaboración entre especies que comparten un mismo hábitat. ¿Por qué no va a ser posible buscar la cooperación entre las naciones persiguiendo la paz, en lugar de luchar por el predominio? El Papa invita a todos a hacer la propia parte, asumiendo un sano realismo, que es lo opuesto del cinismo de la Realpolitik. «La espiritualidad que deseo entregar es la del “sabio arquitecto” que animado por la esperanza del Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo» (MH 236), según el modelo de Nehemías en Jerusalén. Las mujeres de la UMOFC están llamadas también a participar en la construcción de esta Jerusalén, haciendo cada una la parte pequeña que le corresponde. Para ello, el Papa usa una imagen que nos es especialmente apreciada en la UMOFC: la de las tejedoras. Con la fe de María, «poetisa y profetisa», dice, «convirtámonos en tejedoras de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma» (MH 245)

Mons. Melchor José Sánchez de Toca y Alameda – Asistente Eclesiástico de la UMOFC

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