Testimonio de Miriam García Torija
A un mes de la visita del Santo Padre a España, compartimos este testimonio personal de una experiencia que sigue dando fruto e invita a alzar la mirada hacia Cristo.
Una realidad que me habla de trascendencia
¡Histórico! Así resumían los periodistas estos días la visita del Papa León XIV. El pontífice dejó España hace ya una semana, y recordando cada momento no puedo evitar preguntarme qué semillas habrán quedado plantadas y si las veremos germinar y florecer pronto. Porque estoy segura de que ha sido una experiencia que nos ha afectado (de una manera u otra) a todos los españoles, a los que hemos participado nos ha dejado una experiencia que poco a poco vamos recordando y asumiendo, pues ha tocado muchos corazones. La visita del papa nos invita a mirar más allá de nosotros mismos, a alzar la mirada. Creo que su viaje, la respuesta de la gente y todo lo vivido, nos transciende.
“En esto es importante ver que nadie esta solo creyendo en Jesús. ¡Mirad cuántos estáis aquí!” León XIV.
Al alzar la mirada durante el fin de semana lo primero que se veía era mucha gente. Mucha gente que ha querido salir a recibirle, que ha participado, ayudado, rezado… y gente que quizá por curiosidad se ha acercado. Destaco la cantidad de gente porque, más allá de los números y de los católicos presentes, ha sido un evento que ha permeado fuera de la propia Iglesia. Desde la persona que tuvo que sufrir incomodidades en sus desplazamientos, hasta la que pudo saludar y dar la mano al Santo Padre, o incluso quien lo vio por la tele. El Papa nos ha hablado a todos, y ha venido a vernos a todos. Esto se ha visto en la diversidad de reuniones, actividades y discursos que ha tenido.
Él mismo lo transmitía durante su vuelo a España: “Una visita apostólica es venir a encontrar a los fieles, a celebrar la fe, a anunciar el mensaje de Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, es saludar a todos, a toda la sociedad, porque la Iglesia tiene un mensaje para todos”.
Mi experiencia estos días se resume en una palabra: trascendencia. En primer lugar, he podido vivir el impacto de la presencia del Papa, la importancia de su figura como pastor y padre dentro de la Iglesia y, por otro lado, la trascendencia de su mensaje. En segundo lugar, he sentido la gracia que hace trascender nuestros pequeños actos, de experimentar a la Iglesia como madre y de vivir en comunidad con alegría de hijos que se saben amados.
Ya había tenido la suerte de ver a León en el jubileo, en su casa, pero verle en la mía me hacía bastante ilusión. Esta visita me ha servido para acercarme a la figura del Papa, que nos habla de cosas que van mucho más allá del propio Robert, más allá incluso de León XIV, porque nos habla de la promesa de Cristo, de no dejarnos solos, que nos manda al Espíritu Santo y a través de acción nos regala una figura visible que nos pastoree. Y entre medias de la sonrisa tímida y sincera de Robert, su cercanía con niños y mayores, su mirada tranquila y cansada, su escucha y atención a todo lo que le habían preparado… no podía evitar pensar en ese buen pastor que es Cristo, y cómo desde la fragilidad humana de un hombre que respondió un gran SÍ, guiado por el Espíritu, nos sigue pastoreando.
En su discurso ante las Autoridades, la Sociedad Civil y el Cuerpo Diplomático, el Papa destacaba la importancia del vínculo de nuestra comunidad católica en España con la misión apostólica nacida en Pentecostés. Ciertamente necesitamos esta figura de pastor, de padre en la fe. Como católicos creo que nos ayuda a sentirnos un poco más hijos y más hermanos entre nosotros.
Y así hizo León, reunió a sus ovejas y fue a buscarlas allá donde están, desde su primera visita al centro de información y acogida del proyecto social «CEDIA 24 Horas» hasta el encuentro con la comunidad diocesana en el Bernabeu, pasando por aquellas que están en el mundo del deporte, de la cultura, del arte y de tantas otras cosas.
Si como científica me he sentido cómplice por su faceta académica, querría destacar también ese regalo de sentirse hija, sentir a la Iglesia como madre y vivir esta experiencia rodeada de hermanos, en comunidad. En cada evento, en especial en la vigilia de jóvenes y en el Bernabéu, se compartía alegría y emoción, un ambiente muy bueno pese a las incomodas multitudes y el calor.
Es por eso que las ganas e ilusión puestas en saludar al Santo Padre, los gritos de alegría y los cánticos, no son comparables a los que podrían esperarse al recibir a un famoso cantante, futbolista o actor que nos encante, son más como los de los niños que esperan en la puerta nerviosos la llegada de su padre y su gesto de cariño, enseñándole todo lo que le hemos preparado, nuestras mejores canciones, las obras de arte más bellas, nuestras mayores hazañas y nuestros peores miedos. Y León, en la adoración, en la Eucaristía, en la procesión del Corpus y con sus palabras, nos recuerda que si nos hemos reunido todos para verle, no es por él mismo, sino por Cristo, invitando a que nosotros también alcemos la mirada hacia el Padre.
“Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás” León XIV.
Multitud de personas y grupos estamos rezando aún con sus palabras. A mí personalmente me ha encantado la unión de su cercanía y simpatía con la claridad y autoridad de su mensaje. Sus discursos han sido tema de conversación en muchos foros, tan diversos como los ámbitos de la vida de los que ha hablado. He podido dialogar sobre sus palabras días después no solo con católicos, sino con amigos alejados y compañeros de trabajo que, pese a no compartir mi fe, reconocen verdad en sus palabras o simplemente les han asombrado.
En casa, seguíamos por la tele los eventos a los que no podíamos asistir, y escuchamos cada discurso con ganas de que removiera a la sociedad, de que confirmase nuestro sentir ante las situaciones actuales y nos diese aliento y esperanza, pero también de que picaran en nuestro propio corazón y nos motivasen a esa conversión continua a la que estamos llamados. Desde el hechizo de Dios del que hablaba Antonio Banderas hasta el recordatorio en el Congreso de la dignidad del ser humano, las palabras intercambiadas de la sociedad con el papa León han recorrido todo el abanico de temas que nos preocupan e inquietan, todo ello recordándonos dónde está la fuente de la verdad, quién es el camino y dónde tenemos que poner la esperanza, en Cristo
“La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental” León XIV.
Seas quien seas y hagas lo que hagas, las palabras del Santo Padre te interpelan. Por eso, te invito, si estás leyendo este artículo pero no te has leído sus discursos, que cambies tu lectura inmediatamente. He disfrutado enormemente de que haya hablado de esos temas,
tan complejos que a veces da hasta vértigo confrontarlos, con tanta claridad y aterrizándolo a la realidad de nuestras vidas.
La Iglesia ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo para que toda esta experiencia fuese posible. Más allá de lo político e institucional, he visto en todo ese trabajo la esponsalidad y la maternidad de la Iglesia, que ha preparado la llegada del Santo Padre con alegría y trabajo durante meses, que ha acogido como madre que es a quien llegaba, pensando en todos los detalles, porque aunque hay cosas que han podido salir mejor o peor, la caridad y la entrega gratuita de tantos y tantos voluntarios ha dejado huella.
Un grupo de jóvenes fuimos voluntarios en el equipo de Liturgia de la Santa Misa en Cibeles. Para mi fue un verdadero regalo transportar las patenas con el cuerpo de Cristo restante tras la comunión a donde se estableció la capilla de reserva eucarística. La tarea era grande tanto en responsabilidad como en número de viajes que tuvimos que hacer, pues cientos de sacerdotes repartieron la comunión entre las multitudes. Sentía presenciar el milagro de los panes y los peces; no porque las formas se hubiesen multiplicado, sino que tras hacer varios viajes con patenas rezaba y pensaba en los discípulos recogiendo los doce canastos que sobraron. Y es que no puedo dejar de sorprenderme al ser testigo de la sobreabundancia de la gracia. Una vez más, una realidad que nos transciende.
“Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio” admitía León a los jóvenes. La visita del Papa nos ha dejado muchos deberes, no sólo la alegría y entusiasmo del momento: nos ha alentado a buscar la santidad, a hacer silencio y atrevernos a discernir, a escuchar la palabra, a no tener miedo de pensar en la vocación y a ser humanos y a cambiar la historia, ¡con amor!
Sin lugar a dudas esta visita ha sido histórica. “Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación” decía León XIV al inicio de su viaje. Sigamos rezando por nuestra fidelidad y la de toda la Iglesia.
Miriam García Torija,
Joven de Acción Católica de España
Participante en la visita apostólica del Papa León XIV a España




