El Encuentro de Rímini, formalmente conocido como el Encuentro para la Amistad entre los Pueblos, es uno de los encuentros anuales más importantes de Italia para el diálogo entre personas de diferentes culturas, religiones, profesiones y convicciones. Comenzó en 1980, surgido de una experiencia cristiana inspirada en el deseo de descubrir y compartir lo verdadero, lo bueno y lo bello en la vida contemporánea. A lo largo de más de cuatro décadas, se ha convertido en un gran foro internacional donde se abordan cuestiones de fe, cultura, política, ciencia, economía, arte y vida en sociedad, a través de encuentros, exposiciones, debates y espectáculos. Lo que hace particularmente distintivo al Encuentro es su manera de entender la diferencia: no como algo que hay que superar, sino como una oportunidad de encuentro.
Este año, el papa León XIV visitó la 47ª edición del Encuentro en Rímini el 22 de agosto de 2026. Su Santidad señaló que el nombre «Encuentro para la Amistad entre los Pueblos» tiene un significado particularmente profético en un mundo marcado por el conflicto y la división, subrayando que la paz se construye a través de personas dispuestas a encontrarse y a hacerse amigas.
Tuve el honor de participar en la mesa del encuentro «Por lo humano y por lo eterno. El amor que genera», el 24 de agosto. Fui invitada a reflexionar, junto con el profesor Fabrice Hadjadj, la profesora Gabriella Gambino, y Anna Chiara y Gigi De Palo, sobre la familia como el lugar privilegiado donde la persona humana nace y se desarrolla, como expresión del amor y como fuente de comunidad y de transformación social. Tuve la oportunidad de compartir sobre la experiencia y la misión de la UMOFC, y me da mucho gusto compartir con ustedes la intervención completa, para su propio discernimiento sobre la familia, las mujeres, los vínculos y la esperanza.
La comunidad como recurso para la familia y para la sociedad: La educación en el valor de la persona
Buenas tardes a todos.
Es para mí un honor participar en este encuentro, aunque en esta ocasión sea a la distancia. El Meeting de Rimini es, desde hace más de 25 años, un espacio privilegiado para el diálogo, la cultura y la búsqueda de la verdad. Gracias por haber permitido que la voz de las mujeres católicas organizadas del mundo esté presente.
Quisiera comenzar con las palabras de una madre de Kenia que participó, junto con otros padres de familia, en un programa de fortalecimiento familiar a través de la crianza positiva. Al terminar nos decía:
«Solía sentirme aislada e incapaz de criar responsablemente a mis hijos.»
Quisiera detenerme un momento en esta palabra: aislada. Porque al pensar en las dificultades de las familias, enseguida vienen a la mente los problemas económicos, la violencia, la migración, los desafíos para educar a los hijos o las tensiones en el hogar. Todo eso es real. Pero existe un sufrimiento que agrava aún más esas dificultades: el sentir que tenemos que enfrentarlas solos.
Vivimos una paradoja. Tenemos más medios para comunicarnos que nunca, pero, con frecuencia, menos espacios donde sentirnos verdaderamente acogidos; lugares donde alguienque nos escuche de verdad.
Por eso es tan significativa una de las grandes invitaciones de Amoris laetitia: la invitación a “acompañar”.
En dicha Exhortación, el Papa Francisco afirma que la Iglesia desea acercarse a las familias con humilde comprensión y acompañarlas para ayudarlas a superar las dificultades que encuentran en su camino (AL, 200). Nos recuerda que las familias no necesitan ser perfectas para ser lugares donde Dios actúa. Necesitan ser escuchadas, sostenidas y acompañadas. Necesitan saber que, cuando llega una dificultad, no están solas.
Y es aquí donde la Iglesia y la comunidad cobran un valor decisivo: no para suplantar a la familia, sino para fortalecerla; no para quitarle responsabilidades, sino para devolverle las fuerzas. No eliminan sus problemas, pero evitan que la familia los enfrente sola.
Esta es una realidad que, en la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, la UMOFC, hemos experimentado durante más de 115 años.
Hoy representamos a más de ocho millones de mujeres de todos los continentes. Venimos de culturas distintas, hablamos idiomas diferentes, vivimos realidades muy diversas. Y, sin embargo, cuando nos encontramos, descubrimos que nuestras alegrías y nuestras preocupaciones son muy similares.
Queremos formar buenos matrimonios y que nuestras familias se desarrollen con dignidad. Queremos cuidar a nuestros hijos y nietos. Queremos vivir en paz, ser escuchadas, respetadas y valoradas. Y experimentamos, una y otra vez, que la vida cambia cuando alguien camina a nuestro lado.
Cuando una mujer deja de sentirse sola y es apoyada para su desarrollo integral, comienza una transformación que alcanza a toda su familia, a su comunidad y, muchas veces, a toda una sociedad. Ese es precisamente el gran valor de una red mundial como la nuestra.
Me gusta definir a la UMOFC no solo como una organización internacional, sino como una comunidad de comunidades: una red global de mujeres que sostiene a otras mujeres para que ellas, a su vez, puedan sostener a sus familias y a sus comunidades.
En nuestra última Asamblea General acordamos como prioridad: «Emprender, con renovada convicción, el camino gozoso del amor familiar, la maternidad y la paternidad».
¿Y cómo procuramos cumplir con dicha prioridad? En primer lugar, representando y haciendo escuchar la voz de las mujeres y de las familias para generar incidencia.
A través de nuestras más de 100 organizaciones en la base y de nuestro Observatorio Mundial de las Mujeres, escuchamos a miles de mujeres en todo el mundo, especialmente a las más vulnerables, y llevamos su voz a organismos como ECOSOC, el Consejo de Derechos Humanos, el Consejo de Europa y la UNESCO, impulsando acciones concretas en favor de la dignidad humana y la familia.
Nuestra red nos permite conectarnos, compartir experiencias, crear sinergias y fomentar la solidaridad entre mujeres y organizaciones de distintos países y continentes, transformando todo ello en acciones pastorales, iniciativas de la sociedad civil y aportes a las políticas públicas. Tan solo en África contamos con una red de más de 100 organizaciones religiosas y laicas en 22 países, para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres, especialmente en la familia.
Ofrecemos también formación en liderazgo femenino, familia, maternidad y paternidad, y cuidado de los más vulnerables, desde los valores del Evangelio, e impulsamos campañas, como «Comidas familiares sin dispositivos electrónicos», para recuperar el diálogo dentro del hogar.
Sin embargo, la labor más importante de nuestra red no se da en las grandes reuniones internacionales. Ocurre todos los días, con frecuencia de manera inadvertida, en comunidades y parroquias donde mujeres de nuestras organizaciones, generosas, valientes y comprometidas, acompañan a otras mujeres, a familias y a jóvenes, especialmente a quienes se encuentran en dificultad.
Permítanme hablar de un proyecto que conozco bien, por venir de una de las organizaciones de mi país, pero que se repite, con variantes, en muchas de nuestras organizaciones en el mundo. En la Unión Femenina Católica Mexicana, fundamos hace muchos años el programa «Esposas y Madres Jóvenes», para ofrecer formación integral y un espacio de escucha a mujeres jóvenes, sin importar su estado civil o su situación familiar.
La mayor riqueza de estos grupos ha sido darles un punto de encuentro para compartir experiencias, recibir orientación y sentirse acompañadas. El impacto es claro: muchas de aquellas jóvenes hoy forman familias más estables y asumen eficazmente responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad. La mayoría de nuestras dirigentes actuales surgieron de ese programa.
Y ahora quisiera volver a aquella madre de Kenia. En la diócesis de Embu, 268 padres y madres participaron en un programa de crianza positiva que promovimos para fortalecer el diálogo, la corresponsabilidad dentro de la familia y la prevención de la violencia.
Los cambios que describieron algunos de los participantes al concluir pueden parecer pequeños. Pero, cuando los miramos desde la vida de una familia, descubrimos que son enormes.
Un padre compartía que antes tomaba él solo las decisiones económicas del hogar; después del programa comenzó a sentarse con su esposa para decidir juntos qué gastar y qué ahorrar. Una madre contó cómo su esposo comenzó a asumir responsabilidades hacia la familia y la educación de sus hijos que antes ignoraba.
Y aquella mujer cuyas palabras escuchamos al principio decía, al terminar el curso:
«Ahora, cuando mis hijos vienen a mí, los escucho, dialogo y los guío.»
¿Qué ocurrió allí? No se convirtieron en familias perfectas. Se convirtieron en familias acompañadas. Y cuando una familia es acompañada, descubre capacidades que ya estaban en ella, pero que la soledad o el sufrimiento le impedían reconocer.
La Iglesia y la comunidad no son solamente redes que prestan servicios o resuelven necesidades: también educan nuestra mirada sobre la persona.
Nos enseñan que no se puede reducir la identidad de una mujer a la situación de violencia que atraviesa. Que una madre sola no puede ser definida por aquello que le falta. Que una familia migrante no es una estadística. Que una persona que viene de otra cultura, que habla otra lengua o que atraviesa una situación de vulnerabilidad posee exactamente la misma dignidad que cada uno de nosotros y merece ser acogida, escuchada y respetada.
Que una mujer joven que está formando una familia necesita el apoyo de su empleador, de la Iglesia, de la comunidad, del gobierno y, por supuesto, de su esposo y de su propia familia, para lograr un sano equilibrio entre su vida personal, familiar, laboral y espiritual.
Todo esto es especialmente importante cuando pensamos en nuestros jóvenes. El respeto por la dignidad del otro no se aprende solamente en los libros o mediante grandes discursos. Se aprende en las relaciones.
Un joven aprende a respetar al otro cuando ve cómo los miembros de su familia se respetan entre sí y cómo la propia familia ayuda a los más necesitados. Aprende que las diferencias no tienen por qué convertirse en distancia, al encontrarse con quien tiene una historia diferente. Aprende a respetar la vulnerabilidad cuando descubre que necesitar a otros no disminuye el valor de una persona. Y aprende que el amor no es solamente un sentimiento, cuando participa en una comunidad donde las personas se escuchan, se perdonan, se sirven y se cuidan unas a otras.
Las circunstancias de Kenia y de México son muy diferentes. Pero detrás de ellas existe una misma necesidad profundamente humana: necesitamos saber que pertenecemos. Que alguien conoce nuestro nombre y nos espera. Que nuestra vida tiene valor para otro.
Y eso, para mí, es uno de los grandes dones que pueden ofrecer la comunidad, la Iglesia y, por supuesto, la fuerza de una red mundial como la UMOFC. Nuestra diversidad no desaparece cuando nos encontramos; al contrario, se convierte en riqueza. Pero todo comienza con una persona que se acerca a otra.
Por eso el Papa Francisco insistió tanto en la cultura del encuentro, y el Papa León XIV nos recuerda hoy la necesidad de reconstruir sociedades pacíficas fortaleciendo a las familias. La paz entra en el mundo a través de las relaciones: nace cuando existe confianza y reciprocidad entre las personas, y esas relaciones se aprenden, ante todo, en la familia —allí se descubre que el otro no es un competidor, sino un don.
Porque la paz no comienza con los grandes acuerdos entre naciones. Inicia mucho antes: cuando un esposo y una esposa aprenden a escucharse y a perdonarse. Cuando unos padres encuentran apoyo para educar a sus hijos. Cuando una familia abre sus puertas a quien está solo. Cuando una comunidad decide no abandonar a quien sufre.
Por eso, como viuda, felizmente casada por 38 años, como madre de 4 hijos y abuela de 9 nietos, quisiera insistir en cinco convicciones:
- No basta con defender a la familia. Tenemos que ayudar a que las familias nunca se sientan solas.
- No basta con animar a los jóvenes a formar una familia. Tenemos que acompañarlos y ayudarlos a superar sus miedos.
- No basta con hablar del amor. Tenemos que construir espacios donde ese amor pueda experimentarse.
- No basta con proclamar la dignidad de cada persona. Tenemos que fomentar relaciones en las que cada uno pueda experimentar que es valioso, que es escuchado y que es respetado.
- No basta con decir que ninguna familia se construye sola. Tenemos que transmitir a los jóvenes que formar una familia es una experiencia maravillosa que llena la vida de sentido.
Porque hay algo que hemos aprendido una y otra vez en nuestro camino personal y asociativo: Quien ha sido sostenido aprende a sostener. Quien ha sido escuchado aprende a escuchar. Quien ha sido acogido aprende a acoger.
Así es como el amor genera: va pasando de una persona a otra; de una mujer a una familia; de una familia a una comunidad; y de una comunidad a una sociedad.
Todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos que alguien camine a nuestro lado. Probablemente las personas no recuerden nuestros discursos. Pero difícilmente olvidarán a quien estuvo a su lado cuando más lo necesitaron.
Porque el amor auténtico nunca encierra.
El amor abre.
El amor construye.
El amor genera vida.
Y ese amor, el amor que mueve el sol y las demás estrellas, sigue teniendo la fuerza para mover también a nuestro mundo.
¡Muchas gracias!
Mónica Santamarina
Presidenta General de la UMOFC




