Queridas amigas:
Ahora que la Cuaresma llega a su fin y comenzamos a adentrarnos en el misterio de la Semana Santa, me gustaría dirigirme a cada una de ustedes, presentes en distintos rincones del mundo, con un mensaje de paz, esperanza y comunión.
Como dijo el papa León: «La Cuaresma es un tiempo…para poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas». Sin embargo, para algunas de nosotras esto no ha sido fácil. Mientras vemos un mundo marcado por la creciente incertidumbre, los conflictos y el sufrimiento, nos preguntamos si esta violencia terminará algún día y nos sentimos atemorizadas e impotentes ante tantas tensiones globales.
Por ello me sentí impulsada a volver una vez más al tema de la paz, sobre todo ahora que se acerca la Pascua. La resurrección de Cristo es la fuerza que nos sostiene ante el desafío de vivir. La resurrección es el fundamento de la esperanza cristiana y la certeza de que Dios sigue acompañando a la humanidad en todos sus momentos oscuros.
Permítanme recordar las palabras del Papa Francisco en su mensaje «Urbi et Orbi» dirigido al mundo con motivo de la Pascua de 2025, justo un día antes de su regreso a la Casa del Padre: «Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza…gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda…Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza… ¡Quisiera que volviéramos a esperar en que la paz es posible!»
Animo a todas las mujeres de la UMOFC a aceptar este compromiso, fortalecidas por la seguridad que nos da la resurrección del Señor. Sabiendo que la paz no se construye a través del miedo, las amenazas o la violencia, sino mediante el diálogo y las acciones auténticas, pacientes y responsables, pongámonos manos a la obra, firmemente convencidas de que la paz no es lejana ni inalcanzable. Es un don que busca habitar en nosotros, una fuerza suave pero poderosa, capaz de superar la división y abrir nuevos caminos donde parecía imposible que existieran.
Las mujeres como artífices, maestras y destinatarias de la paz
Las invito a un breve recorrido por las enseñanzas de la Iglesia sobre el reconocimiento de las mujeres como destinatarias y artífices activas de la paz. El hilo conductor de este recorrido es la dignidad humana: si hombres y mujeres participamos plenamente de esa dignidad, se deduce que estamos llamados a ser, por igual, constructores y destinatarios de la paz.
- La Rerum Novarum de León XIII (1891), la primera gran encíclica social moderna, no aborda directamente la construcción de la paz, pero establece que un orden social justo es una condición necesaria para la coexistencia pacífica.
- La Pacem in Terris de S. Juan XXIII (1963) marca un cambio decisivo. Por primera vez, un documento papal identifica explícitamente el acceso de las mujeres a la vida pública como un «signo de los tiempos» que la Iglesia debe interpretar e incorporar. Juan XXIII señala que las mujeres «son cada vez más conscientes de su propia dignidad» y que ya no quieren ser tratadas como «instrumentos», sino que demandan derechos compatibles con esa dignidad, tanto en la vida doméstica como en la pública.
- En el Concilio Vaticano II, la Constitución pastoral Gaudium et Spes (1965) condenó toda discriminación basada en el sexo por ser contraria al plan de Dios y afirmó que hombres y mujeres participan por igual en el bien común. Al mismo tiempo, en su análisis de la paz —entendida como «obra de justicia» y «fruto del amor»—, la Constitución reconoce que sin el pleno reconocimiento de los derechos de la mujer no puede haber paz auténtica.
- Tras el Concilio, S. Pablo VI instituyó la Jornada Mundial de la Paz en 1967 y, en sus mensajes anuales, hizo referencia cada vez más a la necesidad de superar las estructuras injustas. En Octogesima Adveniens (1971), subrayó que la discriminación contra la mujer es una de las formas más extendidas de injusticia estructural y, como tal, un obstáculo para la paz.
- S. Juan Pablo II realizó una de las contribuciones más sistemáticas. En su carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988), afirmó la igualdad esencial entre hombres y mujeres, ambos creados a imagen y semejanza de Dios. En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1995, titulado significativamente «La Mujeres: Educadoras para la Paz», afirma que las mujeres poseen un «genio femenino» que las predispone al cuidado, la reconciliación y la resistencia pacífica frente a la violencia. Las mujeres se presentan como «maestras de la paz» en el hogar y, por extensión, en la sociedad.
- En su encíclica Caritas in Veritate (2009), Benedicto XVI incluye la construcción de la paz en el marco del desarrollo integral. Sin una justicia que se extienda a las mujeres —en lo que respecta al acceso a la educación, al trabajo y a la participación política—, el desarrollo sigue siendo incompleto y la paz, precaria. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004), publicado durante su pontificado, retoma esta síntesis y dedica un apartado explícito a la igualdad de las mujeres en la vida social y política como condición para la paz.
- El Papa Francisco aportó una nueva perspectiva a la doctrina social de la Iglesia. En su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (2013), señala que sigue siendo necesario crear más oportunidades para que las mujeres «desempeñen un papel más significativo en muchos ámbitos públicos», incluidos los procesos de resolución de conflictos. En Fratelli Tutti (2020), su encíclica más directamente centrada en la construcción de la paz, afirma rotundamente que, sin las mujeres, la fraternidad —y la paz que de ella se deriva— queda incompleta. Reaviva la tradición del pacifismo activo: la paz no es la ausencia de guerra, sino la construcción cotidiana de la justicia, el diálogo y el encuentro, tareas en las que las mujeres han demostrado históricamente una capacidad única. Por último, en Laudate Deum (2023) y en sus mensajes para la Jornada Mundial de la Paz, el papa Francisco subraya repetidamente que los procesos de negociación y reconciliación pierden su eficacia cuando excluyen a las mujeres, una postura respaldada por datos empíricos.
- En su reciente mensaje con motivo de la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, el Papa León reitera el mensaje que ha transmitido al mundo desde su elección: que la paz de Cristo resucitado es una paz «desarmada y desarmante, humilde y perseverante»; que «su presencia, su don y su victoria siguen resplandeciendo a través de la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, haciéndose cada vez más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos». Nos recuerda las palabras de San Agustín: «Tened paz, hermanos y hermanas. Si queréis atraer a otros a ella, sed los primeros en poseerla y conservarla. Dejad que lo que poseéis arda dentro de vosotros para que pueda encender a los demás».
La paz: una presencia constante y un camino a seguir para la UMOFC
Queridas amigas de la UMOFC, ¡celebremos esta Pascua abrazando la paz! Animadas por la esperanza que nos da la resurrección del Señor, acojamos la paz y reconozcámosla como una misión concreta; como un acto de amor que hay que vivir cada día en nuestras familias, trabajos, organizaciones, comunidades y dentro de la Iglesia. A través de nuestro servicio y testimonio, a menudo silencioso pero firme, tendemos puentes; fomentamos el diálogo y la cultura del encuentro; vivimos el perdón; defendemos la vida, la dignidad humana, la justicia y los derechos de las mujeres, especialmente de las más vulnerables; cuidamos de nuestra casa común y promovemos el diálogo ecuménico e interreligioso. Al hacerlo, encarnamos una paz humilde, perseverante y profundamente transformadora: una paz desarmada y desarmante.
En esta Semana Santa, invito a todas y cada una de ustedes a intensificar sus oraciones, sus acciones y su compromiso diario con la paz. Demos testimonio con nuestras vidas y convirtámonos en «educadora para la paz» allá donde vayamos, convencidas de que incluso nuestros gestos más pequeños pueden contribuir a la reconciliación.
Inspirados por las palabras del Papa León, podemos estar seguros de que «Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos.»
Queridas hermanas, les propongo que sigamos caminando juntas, unidas en la fe y en la diversidad, manteniendo, en el corazón de la humanidad, la esperanza, el amor y la paz. Vivamos la Semana Santa con esperanza renovada, contemplando la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo como el signo definitivo de que el amor es más fuerte que el odio, y la vida más fuerte que la muerte. Que el Señor Resucitado nos abra el corazón, fortalezca nuestra fe y nos convierta en instrumentos de su paz en un mundo herido.
Agradeciendo su misión y cercanía en la oración, les deseo a ustedes, a sus familias y a sus organizaciones una Pascua llena de bendiciones y paz.
Mónica Santamarina
Presidenta General




