Reflexión sobre Dilexit te: el amor a los pobres en el corazón de la vida cristiana

Oct 29, 2025 | Iglesia

La primera exhortación apostólica del Papa León XIV, Dilexit te (“Te he amado”), nace en continuidad con la herencia espiritual del Papa Francisco: una Iglesia que se reconoce pobre, que camina con los pobres y que se deja evangelizar por ellos. El título, Dilexi te (“Te he amado”), está tomado del Libro del Apocalipsis (Ap 3,9) y pretende expresar la palabra de Cristo dirigida a cada persona pobre: “Tienes poca fuerza… y, sin embargo, te he amado”.

El documento reflexiona sobre el misterio del amor de Cristo, ya explorado en Dilexit Nos, que confirma la dignidad de todo ser humano, especialmente cuando es “débil, despreciado o sufriente”. En sus 121 puntos nos recuerda que “hacer experiencia de la pobreza” va mucho más allá de la filantropía. El servicio a los pobres es un servicio a Cristo mismo. Desde esta óptica nos damos cuenta que, con esta exhortación, no estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la revelación. No es una exhortación sobre la pobreza sino del valor teológico del encuentro con los pobres: una meditación profunda sobre el misterio del amor divino que se manifiesta en los pobres y en el servicio a ellos.

 “Te he amado” (cf. Ap 3,9), es una declaración de Amor, en esta ocasión del Señor a la primitiva comunidad cristiana en dificultades. Detengámonos, con la lectura de esta exhortación, afinando el oído para escuchar a este Dios que sólo puede amar. Y, si bien sabemos que Dios ama de infinitas maneras, explorando este amor, el Papa nos guía con tremenda claridad y belleza por un camino lleno de rostros y nombres en el que podremos encontrar en quiénes Dios nos ama. En los pobres, Dios tiene aún algo que decirnos y hacernos experimentar: ¡nos ama!

El amor a los pobres como revelación

En el texto nos encontramos con una importante propuesta: Cada gesto de compasión hacia los pobres se convierte, dice el Papa, en una revelación de Dios, en un encuentro con Cristo. En el rostro de quien sufre se hace visible Cristo, y ese encuentro transforma. León XIV nos exhorta a reconocer los diversos rostros del pobre —material, moral, espiritual, cultural y social—, recordando que la fe cristiana no puede separarse del amor a los pobres, en quienes se manifiesta y se reflexiona sobre la presencia de Dios y su voluntad. Ellos no son sólo destinatarios de ayuda, sino “sujetos creativos que nos desafían a encontrar nuevas formas de vivir el Evangelio hoy”, portadores de una presencia divina que nos toca, nos acoge, nos cuestiona y nos transforma.

“El pobre es Cristo”, afirma León XIV. El amor a los pobres, para el creyente, es el corazón del Evangelio y no es opcional, sino criterio del verdadero culto a Dios (cf. Mt 25,40). La Iglesia está llamada no a “hacer por los pobres”, sino a “caminar con ellos”, reconociendo que Dios actúa silenciosamente en su fragilidad y habla, incluso a gritos, a través de sus vidas. Porque la pobreza no se contempla desde la distancia, sino que en el hombre y la mujer pobre.

En un mundo que, desde la indiferencia, idolatra la eficiencia y la riqueza, Dilexit te invita a redescubrir la libertad interior de quien ama sin medida. Como los evangelios nos describen a Jesus. En Cristo pobre encontramos el modelo de una Iglesia que no acumula, sino que entrega; que no domina, sino que sirve; que no excluye, sino que abraza. “¿Cómo podremos pasar por la puerta estrecha del Reino cargados con tantas cosas?”, ¿cómo podemos esperar el cielo acumulando en la tierra?  Son preguntas que surgen leyendo Dilexit te.

Amor, justicia y desarrollo humano integral

El amor cristiano va mucho más allá del simple asistencialismo. “La miseria —recuerda León XIV— no es un problema político, sino un problema de fraternidad”. Tal vez la verdadera riqueza consista precisamente en vaciarnos, para dejar espacio al amor que todo lo llena. Amar como Cristo exige, un compromiso de fe, promover el desarrollo humano integral: que cada persona pueda crecer con educación, salud, libertad, participación y dignidad, sin pensar que todo eso “es para otros”. Nuestro amor al Señor se entrelaza con el amor a los pobres; no hay oración verdadera que no se traduzca en compromiso por ellos.

Y en ese aspecto la exhortación nos hace comprender un aspecto teológico de nuestros actos hacia los pobres. Las obras de misericordia son el rostro visible de una fe viva, el sigo de una comunidad que ha sido transformada por el Evangelio. En cada gesto de ternura, en cada esfuerzo por acoger al excluido, Dios mismo se hace presente: es un acto de liturgia, donde el amor se vuelve encuentro y alabanza a Dios. Sin embargo, el Papa advierte contra el riesgo de reducir la pastoral social a programas o estructuras vacías porque llenas solo de asistencialismo: una Iglesia que no toca la pobreza real corre el riesgo de disolverse, aunque hable de temas sociales o critique al poder. La verdadera evangelización brota del contacto con la carne sufriente de Cristo en los pobres: allí donde el amor se hace concreto y el Evangelio se vuelve vida.

Una Iglesia con los pobres y evangelizada por ellos

La exhortación refuerza el concepto de “opción preferencial por los pobres”, afirmando que no es una tarea para unos pocos, sino la misión de la Iglesia en su conjunto. Dilexit te nos lanza una llamada fuerte y luminosa: es tiempo de cambiar de rumbo. Ser totalmente solidarios con los humildes no es una tarea opcional, sino un deber inalienable de fidelidad al Evangelio. Los pobres no son un problema que resolver, sino un don que acoger; ellos son “maestros del Evangelio”. Como dice León XIV, recociendo que el pobre no solo es un pobre sino un lugar teológico: “Dejémonos evangelizar por los pobres”. En ellos habita el corazón mismo de la Iglesia, desde ellos, Dios, nos habla y revela su amor. Afirmar esto significa subrayar que el conocimiento de Dios no es en primer lugar una cuestión de doctrina, por más que esté correctamente expresada, sino que es un encuentro, una acogida y un camino hecho juntos, donde la relación con los demás y la relación con Dios están íntima e indisolublemente entrelazadas.

La parábola del Buen Samaritano resuena cada día como una invitación personal: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lc 10,37). Frente al dolor del hermano, la indiferencia y la búsqueda de prestigio son trampas de la mundanidad espiritual que desfiguran el Evangelio. Cuando la pastoral de la Iglesia o de una comunidad eclesial, como lo es la UMOFC, se orienta preferencialmente a las élites o cuando pensamos que “otros” deben ocuparse de los pobres, perdemos la autenticidad del seguimiento de Cristo. Una Iglesia sin los pobres es una Iglesia incompleta. Solo quien se deja tocar por su dolor puede anunciar con verdad y ternura que Dios ama, que Dios salva, y que en los pequeños Él mismo se hace presente.

Los rostros femeninos de la pobreza

El Papa dirige una mirada especialmente atenta y llena de ternura hacia las mujeres, a quienes llama “doblemente pobres”: aquellas que sufren la exclusión, la violencia o la marginación. Las mujeres son a menudo las primeras en sufrir las consecuencias de la pobreza y la discriminación, pero al mismo tiempo son “portadoras de una dignidad única” y “agentes de cambio” en la familia, en la sociedad y en la Iglesia. En ellas se refleja el rostro doliente de Cristo, pero también brilla la sabiduría de Dios. En su heroísmo cotidiano —en el cuidado de los hijos, en la defensa de la vida, en la esperanza silenciosa— resplandece la fuerza transformadora del amor de Dios.

Para las mujeres de la UMOFC, este mensaje tiene un eco profundo. Nos invita a reconocer y acompañar los rostros femeninos de la pobreza con gestos concretos, con cercanía, con verdadera sororidad. Pero nuestro compromiso no puede quedarse solo en la ayuda inmediata. También nos impele a descubrir tu vocación más profunda: a manifestar el amor de Dios desde la ternura, la escucha, como protagonistas activas de la transformación social y pastoral.

En una Iglesia que quiere ser madre, el testimonio de las mujeres es esencial e indispensable. Como María al pie de la cruz, las mujeres descubren el valor del sufrimiento ofrecido y por ello redimido, y la fuerza callada del servicio. El Espíritu confía a las mujeres una sensibilidad, una inteligencia y una compasión únicas, para seguir construyendo una Iglesia que sea verdaderamente “con los pobres y para los pobres”.

Conclusión: una Iglesia que ama sin medida

La Iglesia que el mundo necesita hoy no es la que busca conservar su poder o su prestigio, sino aquella que se deja transformar por el amor. Una Iglesia que no conoce enemigos, sino hermanos y hermanas a quienes amar y servir. Dilexit te, concluye recordándonos que cada bautizado lleva grabada en el corazón la responsabilidad de “hacer oír una voz que despierte, que denuncie y que se exponga” por los más débiles. El amor cristiano no se mide por palabras, sino por acciones concretas y arriesgadas (cf. Sant 2,14-17). Es un amor profético, sin límites, que hace visible lo invisible y cree en lo imposible.

El mensaje de Dilexit te, que te invito a leer, es luminoso y exigente: el amor a los pobres es el amor a Dios. No es un complemento, sino el corazón del Evangelio. Dios elige a los pobres, se identifica con ellos, se hace uno con ellos, comparte su fragilidad y su esperanza. Como mujeres de fe, están llamadas a encarnar ese amor en sus familias, comunidades y lugares donde la vida grita… o apenas susurra.

La verdadera grandeza de la Iglesia está en su capacidad de amar y servir. Solo una Iglesia que se deja tocar y transformar por el dolor de los pobres podrá hacer creíble que Dios sigue diciéndole al mundo una y otra vez: “Dilexit te —Te he amado.”

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