La familia como vocación

Mar 27, 2026 | Familia

«La fe debe redescubrirse y transmitirse en la familia, de generación en generación»

Entrevista a Gabriella Gambino, subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

Gabriella Gambino es subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida desde 2017. Casada y madre de cinco hijos, tres de ellos gemelas, combina su intensa vida familiar con una sólida trayectoria académica. Es doctora en Bioética y profesora de Filosofía del Derecho, Bioética y Biojurídica desde hace más de veinticinco años. Desde 2005 también imparte clases en el Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia de la Pontificia Universidad Lateranense, donde sigue formando a generaciones de estudiosos y agentes pastorales en temas relacionados con la vida, la familia y la dignidad de la persona.

¿Cómo fue pasar de la universidad a trabajar en el Dicasterio? ¿Qué cambio supuso en su vida?

Ha sido un cambio profundo, que me ha hecho crecer y me ha permitido volver a ponerme en juego después de tantos años de docencia. Aunque siempre he vivido el compromiso académico como una «misión educativa» hacia las nuevas generaciones, el trabajo en la Iglesia requiere una mirada más pastoral y teológico-espiritual. Por lo tanto, si por un lado he podido utilizar muchas de mis competencias y la mentalidad adquirida anteriormente en el mundo académico, por otro he tenido que adoptar una mirada más eclesial y modificar mi estilo para poder dialogar con los obispos y ponerme al servicio de una misión más directa de evangelización.   

Después de estos años de trabajo en el Dicasterio, ¿en qué punto cree que se encuentra hoy la pastoral familiar en el mundo?

Veo cierta preocupación en la Iglesia. Los contextos familiares han cambiado mucho en los últimos veinte años y la pastoral familiar, tal y como se ha organizado siempre, ya no es adecuada.  Las familias tienen dificultades para vivir la fe y transmitirla a sus hijos, los jóvenes ya no están interesados en el matrimonio y no se casan, hay enormes problemas educativos provocados también por la omnipresencia de los teléfonos inteligentes que siempre tenemos en la mano y que están acabando con las relaciones familiares y la capacidad de transmitir valores. Por lo tanto, debemos trabajar de manera diferente y partir de cero para reconstruir las relaciones entre las personas, para recrear comunidades reales de referencia.

Sin embargo, en estos años hemos identificado algunos principios operativos fundamentales para la pastoral. El primero es la transversalidad, es decir, la necesidad de que las oficinas pastorales trabajen en sinergia en las cuestiones que afectan a los niños, los jóvenes, la familia y la vida humana. Significa crear en los contextos diocesanos mesas de coordinación y colaboración, para tener una visión compartida de los objetivos y proyectos para acompañar a las familias en cada etapa de la vida.

Un segundo principio es la sinodalidad, que significa escuchar y compartir no solo opiniones o experiencias, sino también el Magisterio de la Iglesia. La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, la familia y la vida humana debe darse a conocer para que sea comprendida y acogida. Las nuevas generaciones no la conocen y necesitan maestros que sepan mostrarles la belleza de ser cristianos. Si la sinodalidad es caminar juntos, también los contenidos de la formación deben transmitirse de manera clara y compartida.

Un tercer principio es la continuidad: hay que acompañar a las personas en su camino de fe en todas las etapas de la vida, teniendo en cuenta sus vínculos familiares. Debemos evitar un enfoque individualista también en la Iglesia. Los esposos, por ejemplo, necesitan ser acompañados juntos para crecer espiritualmente y permanecer unidos.

Hoy en día existen familias monoparentales, familias separadas… En este contexto, ¿cuál es el mayor reto para la Iglesia?

Veo dos grandes retos. El primero es acompañar a los fieles, y en particular a los padres y a las familias, para que puedan recuperar la fe, vivirla y transmitirla a sus hijos. Falta el acompañamiento espiritual de los fieles. Necesitamos formar sacerdotes, religiosos y laicos para este fin.

El segundo reto es la necesidad de preparar más adecuadamente al clero, en los seminarios y con la formación permanente, para que sea más capaz de acompañar a las familias en el discernimiento interior. Hay que recuperar el munus docendi del ministerio ordenado: no solo acompañar a los sacramentos, sino ante todo acompañar en la fe. San Basilio decía: «Primero se llega a ser discípulos del Señor y luego se accede al Santo Bautismo».  Lo mismo ocurre con el sacramento del matrimonio, al que hoy se accede con demasiada ligereza y con poco cuidado por la dimensión de la fe de los contrayentes. Pero sin la fe, el matrimonio corre el riesgo de no ser fructífero. Es una de las razones por las que hoy en día fracasan tantos matrimonios.

El papa León XIV parece dar gran importancia a este tema…

Sí, insiste mucho en la necesidad de aprender a vivir en presencia de Dios, de hablar con Él en nuestro corazón, de pensar en Él en cada momento del día. Solo en Dios se desarrolla el verdadero discernimiento cristiano en la vida cotidiana. Es en esto en lo que los pastores deben saber acompañar a las familias: en una «pedagogía del discernimiento».

Hablando en particular de las mujeres, hoy en día es muy difícil armonizar la familia, la vida personal y el trabajo. ¿Qué consejos daría a las mujeres jóvenes?

Además de los necesarios cambios socioeconómicos, creo que es fundamental desarrollar una pedagogía de las virtudes, especialmente de la fortaleza y la mansedumbre.

La fortaleza es la capacidad del sacrum facere: hacer sagrada cada una de nuestras acciones, dar un significado profundo a cada esfuerzo, sabiendo que está lleno de sentido porque se inscribe en un proyecto de vida más grande, en nuestra vocación cristiana como mujeres, sea cual sea nuestro estado de vida.

La mansedumbre no es debilidad, sino caminar confiando en Dios. Es una palabra clave, sobre todo para nosotras, madres y esposas: reconocer que no podemos controlarlo todo y poner nuestras preocupaciones en manos de Dios. Como escribí en una nota que guardo en la mesita de noche para no olvidarlo nunca: «Entrega todo a Dios y luego vete a dormir».

¿Cómo pueden las asociaciones femeninas y familiares colaborar con el Dicasterio y con la Iglesia para apoyar a las parejas jóvenes y a las familias?

Las asociaciones ya hacen mucho a través de las redes de cooperación, las ONG y los proyectos de apoyo. Sin embargo, un punto fundamental en el que podemos trabajar juntos es una mayor valorización de la maternidad. La maternidad es una dimensión constitutiva de la mujer, un privilegio que Dios le ha concedido. Debemos hablar más de su belleza, su riqueza y su profundo significado.

Reflexionamos poco sobre el hecho de que la vida de las madres es una vida «dramática», en el sentido etimológico del término: una vida intensamente vivida, cargada de experiencias profundas, de alegrías, dolores, confianza y miedos, que generan en la mujer una nueva identidad. Es un privilegio poder estar tan cerca del misterio de la vida y de Dios. Por eso, en la Iglesia es importante hablar no solo de la maternidad espiritual, sino también de la maternidad física, que debe ser custodiada, comprendida y valorada para que sea amada y deseada por las nuevas generaciones de mujeres.

Sin embargo, hay que ayudar a las chicas de hoy a comprender que el deseo de maternidad no nace en la mujer de forma autorreferencial, sino de la pareja, de la relación amorosa entre el hombre y la mujer. El deseo de tener un hijo nace del amor que quiere ser fecundo y eterno. Es el mismo amor que, cuando no puede engendrar biológicamente, puede abrirse a la adopción, una forma muy elevada de engendrar vida en sentido psíquico, moral y espiritual.

Muchas mujeres y muchos niños, en diversas partes del mundo, sufren violencia intrafamiliar. ¿Cómo se puede intervenir?

Es urgente trabajar en la prevención a través de una educación afectiva adecuada desde la infancia, tanto para niños como para niñas. Educar en el respeto por uno mismo y por los demás, en la comprensión de la persona en su totalidad: cuerpo, psique y espíritu.

La violencia no es solo física, sino también psicológica y espiritual. Enseñar el respeto por la totalidad de la persona significa aprender a respetar el cuerpo, los sentimientos, la libertad y el alma del otro.

Los itinerarios catecumenales de preparación al matrimonio prevén, de hecho, desde una fase temprana, con los niños, esta educación en la afectividad: educar es la única manera de prevenir la degeneración de las relaciones, dentro de las familias y en la relación entre el hombre y la mujer. Es un camino de formación al don de sí mismo, al respeto mutuo y al amor fiel.

Entrevista a Gabriella Gambino por Mercè Alonso
Ex-Oficina de comunicación de la UMOFC
(Original: IT)

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