“La paz esté con todos ustedes” (Juan 20, 19-21)

Ene 30, 2026 | UMOFC

Queridas amigas:

Hace poco escuché una frase que me dejó pensando mucho: “Hemos dejado de soñar en el futuro para empezar a temerle”. No les puedo negar que una de mis grandes inquietudes recientes ha sido el tema de la ausencia de paz. Y esto es inevitable, pues a nuestro alrededor hay muchas cosas que me conducen a esa preocupación constante. Enciendo la televisión o leo las noticias y veo la confrontación política dentro y entre países, la guerra que sufren pueblos enteros, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, los estragos de la delincuencia organizada, las auténticas “cacerías” de migrantes, los intentos intervencionistas, etc. Entro en las redes sociales y percibo un clima de tensión permanente, donde el miedo a ser “cancelado”, a ser excluido o descalificado, parece estar siempre presente. No les oculto que este entorno, tantas veces incendiario, me conduce en más de una ocasión al temor.

¿En qué nos estamos convirtiendo? Pienso en nuestras hermanas de Venezuela, de Cuba, de diferentes países de África y de tantas otras tierras, incluyendo zonas de mi país, que atraviesan situaciones políticas y sociales complejas. Pero también pienso en aquellas que sufren una violencia más silenciosa y escondida: la violencia intrafamiliar, el maltrato en el ámbito laboral, la discriminación, la soledad, la trata de personas y todas esas otras formas en que la dignidad humana es herida y la paz parece lejana.

En este contexto resuenan con fuerza las palabras del Papa León XIV en su Mensaje para la Paz 2026, cuando nos recuerda que:

La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita ‘basta’, a la paz se le susurra ‘para siempre’”. Y nos exhorta: “¡Abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible”.

El Santo Padre nos habla de una paz “desarmada” y “desarmante”, una paz humilde y perseverante, que comienza en el corazón. Una paz que proviene de Dios que nos ama a todos incondicionalmente. Nos advierte del peligro de acostumbrarnos a la violencia, de justificarla incluso con argumentos religiosos o ideológicos, y nos invita a un verdadero desarme interior: del corazón, de la mente y de la vida. “La bondad es desarmante —dice—. Quizás por eso Dios se hizo niño”.

Este es sin duda un tema prioritario en su pontificado. En su primera bendición al mundo, como Sucesor de Pedro, nos regaló un saludo que hoy quiero recordar:

“¡La paz esté con todos ustedes! Que este saludo de paz entre en sus corazones, llegue a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante [… ] Dios nos ama a todos, y el mal no prevalecerá. Estamos en las manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante”.

Estas palabras esperanzadoras y llenas de sentido iluminan profundamente el camino de la UMOFC y nuestras resoluciones. Estamos llamadas a ser mujeres que, trabajando unidas en la fe y en el amor al Señor y a nuestros hermanos, tendemos puentes: en nuestras familias, en nuestras comunidades, en la sociedad; mujeres que promovemos el diálogo, incluyendo el ecuménico y el interreligioso; que cuidamos de la creación como Casa Común; que defendemos la dignidad de cada persona y protegemos especialmente a los más vulnerables; que trabajamos por la libertad religiosa, la no discriminación y la cultura del encuentro. Nuestro servicio, muchas veces silencioso, es ya una forma concreta de construir esa paz desarmada y desarmante de la que nos habla el Papa.

Ánimo, redoblemos esfuerzos en estos tiempos difíciles en los que, a través de la perseverancia de sus testigos, la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos. Como nos dice el Santo Padre: “Ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad”. Sigamos pues adelante trabajando en esta gran red mundial de organizaciones de mujeres católicas, unidas en misión transformando vidas con nuestro mensaje y testimonio de paz, y siempre con la firme esperanza puesta en el Señor.

Conscientes de que la paz, antes de ser una meta, es una presencia y un camino, quisiera terminar invitándolas —e invitándome— a un pequeño examen de conciencia personal:
¿Estoy dejando que la polarización habite en mi corazón? ¿Siento con más fuerza lo que me separa del otro que aquello que me une a él? ¿Busco comprender antes que juzgar, dialogar antes que imponer? ¿Busco primero lo que me une con el otro y puedo después respetar las diferencias?

Es, sin duda, un buen momento para pedirle a nuestra patrona de la UMOFC, María, Reina de la Paz, que traiga la paz al mundo y que nos de la capacidad y la humildad de poder ver si en algún momento nosotras no estamos siendo puentes de unidad y testigos de paz, para rectificar el camino.

Mónica Santamarina

Presidenta General de la UMOFC

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